Todos tenemos recuerdos de nuestra infancia, esos momentos
en que aún no cruzábamos la frontera que existe entre el Niño tierno y el
mocoso malcriado. Las canciones que solías cantar, tus juguetes preferidos,
alguna ropa con la que te veías particularmente adorable o, como en mi caso,
una fotografía.
Mi familia nunca ha sido de comprar aparatos, tendemos a
usar las cosas por mucho tiempo y si no van a servir todo el tiempo nos lo
ahorramos. Dentro de las cosas que mi papá se ahorró comprar fue una cámara
fotográfica.
Las fotografías que hay en el álbum familiar son de
ocasiones en que mis tíos llevaban sus cámaras y las sacaban o de casos muy
particulares como el que estoy a punto de contar.
En mi pueblo se acostumbraba, no sé si aún lo hacen, tener
el clásico juego de fotos de los bebes poniendo distintas caras (feliz,
llorosa, etc, etc.). Cada cierto tiempo los fotógrafos pasaban y ofrecían sus
servicios. A mi mama nunca le gustaron los sets de fotos así que cuando paso un
fotógrafo pidió una fotografía normal.
El concepto de la foto era simple, el lindo niño Víctor Hugo
con un árbol al fondo. Pero el fotógrafo, en su autoridad artística decidió que
la foto se iba a ver muy vacía -¿Por qué no lo ponemos con uno de sus perros? – dijo aquel genio de
la imagen.
En esos días teníamos dos perros. Un par de pitbulls (la
Boni y el Gabacho) que si bien no eran muy grandes, si me podían jalar
fácilmente y mantenerlos quietos era muy difícil, es decir, ellos no eran
opción.
Afortunadamente (aunque no para mí), uno de mis vecinos
recién había adquirido un pequeño cachorro de Alaska. Muy bonito (tal vez
demasiado). Entonces, como suelen suceder muchas en mi vida, el destino decidió
que tenía que meter su cuchara en mi vida y el vecino salió a pasear a su
cachorro. Mi mama y el fotógrafo vieron al perrito y de inmediato supieron que
eso era lo que le hacía falta a la foto. La imagen quedo para la posteridad
colgada en la pared de mi cuarto.
Mi problema con esa foto no surgió hasta muchos años
después. Cuando eres pequeño ves a todo el mundo, pero no eres realmente
consciente de que también el mundo te ve.. Es hasta que rompes la barrera del
niño travieso y entras a los terrenos del adolescente insoportable que empiezas
a notar como los demás te observan.
Fue en una fiesta de cumpleaños, invite a algunos amigos y
entre ellos a la niña que me gustaba. Durante la comida comencé a notar algunos
cambios en la decoración, mi mama tomo algunas fotos y las colgó en la sala.
Entre ellas la mía con el perro. Nada malo hasta ahí.
Después, mientras platicaba con uno de mis amigos, escuche
la frase salir de los labios de la chica que me gustaba; la frase que me ha
perseguido desde entonces, esas palabras
que dice cada persona que ve esa foto.
En ese momento no le di demasiada importancia, porque realmente no la tenía. Los años corrieron y
comencé a notar el patrón. Cada persona que veía la foto siempre decía lo
mismo, lo primero que salía de su boca era esa frase.
Con los años he desarrollado un cierto rencor contra ese
perro y contra el fotógrafo que decidió que yo no era lo suficientemente
interesante para estar solo en una foto decente. Este es el origen de uno de
mis traumas superficiales y tontos. Es algo que me molesta pero me hace reír,
porque con todo lo adorable que fui cuando niño, no pude superar a un
cachorrito.
Voy a postear la foto, aunque sé que cuando la vean dirán:
¡QUE BONITO PERRITO!
